martes, 1 de mayo de 2007


TAMARA DE LEMPICKA

Desde Polonia, donde nació supuestamente en 1898 (las fechas de su biografía bailan caprichosas, engañan y ocultan, como ella muy conscientemente hizo durante toda su vida), a Cuernavaca, México, donde moriría en 1980, la vida de Tamara de Lempicka destila la compleja personalidad, víctima de las modas y los vicios de su época, de una artista burguesa con amigos en las altas esferas y, al tiempo, con una existencia oscura y misteriosa, legendaria, que ella misma se ocuparía con mimo de fabricar y alimentar. Aunque su trayectoria es ejemplo del viaje permanente (vivió también en San Petersburgo, Nueva York y Hollywood), fue en los años trascurridos en París, entre 1918 y 1939, cuando realizó la mayor parte de sus obras, las más conocidas y mejor valoradas (sólo 8 de los 43 óleos aquí reunidos están fechados después de 1940). Es en esta ciudad donde todavía hoy la huella de esta enérgica mujer está más presente. Guiados por Enrique Bonet (que firma el cuidado y original proyecto de la exposición gallega) y el comisario de la muestra, Emmanuel Bréon (director del Museo de los Años Treinta), hemos seguido el rastro de la artista desde Montparnasse, donde pronto fijó su residencia, a la Place Vendôme, a la puerta del hotel Ritz, donde tantas veces se alojó, ya mayor, cuando regresaba a París.Retratos por dineroA la ciudad del Sena entró Tamara de Lempicka por la Gare du Nord, huyendo de la revolución bolchevique con apenas 20 años y una hija pequeña. Y a pesar de que su amor por el arte se había iniciado tiempo atrás, fue la necesidad de ganar dinero para mantener a su familia lo que le hizo acudir a clases de pintura, perfeccionar la técnica y dirigir esa pasión hacia el mundo del retrato bien pagado por la clase alta parisién. De la Academia de la Grande Chaumière pasó a la Academia Ransom, donde fue alumna de Maurice Denis, amigo de Gauguin y líder en aquel momento del movimiento modernista.“Mi obra es un autorretrato permanente” decía, y efectivamente así se refleja en muchas de sus pinturas, retratos de mujeres de enorme fuerza, complejos y forzados encuadres que encierran a poderosas damas de la época, como la Duquesa de la Salle, conocida lesbiana, gran amiga de Tamara y cuya figura estuvo mucho tiempo colgada frente a la cama de la artista en su piso de Montparnasse. La vida en MontparnasseAllí, y tras una época en habitaciones de hotel, decidió establecer su residencia. Una zona dinámica que entonces empezaba a sustituir a Montmatre en las vidas de artistas y bohemios, con lugares de reunión como el Café du Dôme, el selecto Café Rotonde o el archifamoso La Coupole que, aunque ha perdido parte de su glamour de antaño, conserva todavía entre las decenas de fotografías de sus paredes las miradas de los muchos famosos que atrajo aquellos años. O las mesas en la calle de Les Deux Magots, donde tantas veces esperaba a que su hermana Adrienne, arquitecta y confidente, saliera de clase. Aunque nada queda de aquel primer apartamento donde se instaló con su hija y su marido, aún se respira en este barrio de la Rive Gauche el decadente ambiente de aquellos años, los felices 20, que tan prolíficos fueron para Tamara de Lempicka. “En el catálogo razonado hay 550 cuadros, de los cuales 200 pinturas fueron realizados en París, entre 1925 y 1935”, explica ahora Alain Blondel, galerista parisién y autor en 1999 del volumen que recoge toda su obra.Y fue en Montparnasse donde la artista conoció a su maestro definitivo, con quien consiguió ampliar su personal visión de la pintura: André Lhote, junto a quien Tamara de Lemicka aprendió a reinterpretar el movimiento dominante: “Heredera del cubismo y del postcubismo, para los críticos y directores de museo Tamara de Lempicka es un enigma, un extraterrestre, porque su obra parte de ningún sitio”, afirma sin titubeos Bréon. De hecho, y a pesar de vivir el ambiente intelectual de los cafés de la época, Lempicka “no encajó en los movimientos artísticos de su tiempo, es una pintura difícil, y ella una persona al margen de esa vanguardia artística con quien no congenió, nunca entró a formar parte de esos grupos”, añade Blondel. La estrella de los años treintaEmmanuel Bréon dirige el Museo de los Años Treinta, situado en Boulogne-Billancourt, a las afueras de París (zona hoy famosa por albergar el torneo Roland Garros). Y es allí donde se puede ver el Retrato de Tadeusz, realizado en 1928, uno de los pocos cuadros de Tamara presentes en una colección pública, ya que la mayoría pertenecen a coleccionistas privados, muchos de ellos personalidades del mundo de la fama y del espectáculo (Madonna o Barbra Streisand son algunas de sus compradoras más conocidas). Y es también en este museo donde la obra de Tamara ha tenido la oportunidad de dialogar con los diseños y maquetas de Mies van der Rohe o Eileen Grey, con quien compartió entonces el gusto por la arquitectura y el diseño. No en vano, en cuanto tuvo ocasión cambió aquel pequeño piso por un enorme estudio en la Rue Méchain, en pleno centro de Montparnasse, en un edificio del arquitecto modernista Roger Mallet-Stevens (también presente en el Museo de Bréon). La visita al centro de Boulogne-Billancourt es un viaje en el tiempo, un paseo por habitaciones decoradas al gusto de la artista. Allí, “el Tadeusz es nuestra mona lisa”, confiesa el director.Icono del art decó“Muy pronto realiza una obra de acabado perfecto –continúa Bréon–, que da la impresión de ser concebida como obra publicitaria, marcada por el cine, con un encuadre muy corto. Hay quien atribuye esta característica a la influencia de los iconos rusos”. De hecho una de sus pinturas más famosas, pronto reconocida como icono del art decó, su Autorretrato o Mujer del Bugatti verde, fue ideada para ser portada de la revista Die Dame en 1929 y significó el acceso de su obra al gran público.“Pero las exposiciones llegan tarde”, dice Blondel, ya en su galería, hoy en el barrio del Marais, cerca del Pompidou. Y es que no es hasta los 70 cuando París le brinda otra oportunidad. Blondel redescubre a Tamara en una revista del 29 y organiza una retrospectiva que la rescata del olvido. “Entonces ella vivía entre Houston y Cuernavaca, nos mostró lo que hacía entonces pero había cambiado totalmente de estilo y tuvimos que insistir para que se centrase en los años 20 y 30”. De aquella muestra se vendió sólo un tercio, “el cuadro más caro alcanzó los 15.000 euros –explica el galerista–, mucho para la época pero nada que ver con los 3 millones de dólares que valdrían tras su muerte”. Hoy, Tamara de Lempicka vuelve a parecer en Vigo, y lo hace deslumbrante, en todo su esplendor.


Paula ACHIAGA